Relatos de dominación

Femdom Castidad: Best Sumisión Implacable

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, una morena de curvas que te dejaban la polla tiesa solo de mirarla. Alta, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, y un culo redondo que parecía hecho para sentarse en la cara de cualquiera. Tenía esa seguridad de cabrona que te hace sentir pequeño, pero jodidamente atractivo, como si supiera que te podía partir en dos con una mirada. Yo era un tipo normal, de esos que curra en una oficina, ve porno a escondidas y se reprime porque no quiere parecer un pervertido. Pero cachondo, eso sí, reprimido hasta la médula, con ganas de que alguien me pusiera en mi sitio.

Nos conocimos en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca folladas rápidas. Yo ponía fotos normales, nada de postureo, y ella… coño, su perfil era un puto imán. «Busco sumisos que sepan obedecer», decía, con una foto donde salía en tacones y lencería negra, mirándote como si ya te hubiera ganado. Empecé chateando tonterías, pero pronto me pilló el rollo. «Dime, ¿qué te pone?», me soltó un día. Yo, nervioso, le confesé que me gustaba que me mandaran, que me excita la idea de rendirme. Ella se rio en el chat: «Qué mono, un novato. ¿Quieres que te enseñe?». Joder, me puse a mil solo imaginándolo. Quedamos en un bar cutre del centro, y allí estaba, con una falda corta que dejaba ver sus muslos suaves, y unos ojos que te desnudaban el alma.

Desde el principio, supe que me tenía en sus manos. Me miró de arriba abajo y dijo: «Tú eres de los que necesita una ama, ¿verdad? Dime la verdad, putito». Me ruboricé como un crío, pero mi polla ya empezaba a despertar. «Sí», balbuceé. Ella sonrió, esa sonrisa cruel que te hace querer arrodillarte. Hablamos de límites, de consentimiento, todo claro: la palabra de seguridad era «rojo», si algo iba mal, parábamos. Pero yo no quería parar. Me invitó a su piso, un ático chulo con vistas, y en cuanto entramos, me ordenó: «Quítate la ropa, menos los calzoncillos. Quiero verte». Obedecí, temblando, con el corazón a mil. Estaba empalmado, claro, y ella se rio: «Mira qué patético, ya duro por nada. Esto va a ser divertido».

Aquella noche no follamos, no como yo esperaba. Me hizo sentarme a sus pies mientras ella se ponía cómoda en el sofá, cruzando las piernas. «Besa mis botas», me dijo, y yo, joder, lo hice. El cuero olía a nuevo, y su piel debajo… me ponía malo solo de olerla. Sabía que me tenía pillado, que esta tía era la dueña de mi polla desde ese momento. Me contó cómo le gustaba el control, romper egos de tíos como yo que se creen machos pero en el fondo quieren ser perritos. Yo asentí, asintiendo como un idiota, excitado por su voz ronca, por cómo me miraba como si fuera su juguete. Al final de la noche, me dejó ir con una promesa: «Vuelve mañana, y trae tu polla lista para la jaula». Salí de allí con la cabeza hecha un lío, pero cachondo perdido. Esta cabrona me había enganchado.

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Al día siguiente volví, como un tonto obediente. Carla me abrió la puerta en bata, el pelo revuelto y una sonrisa que prometía problemas. «Desnúdate del todo esta vez», ordenó, y yo lo hice, quedando en pelotas delante de ella. Mi polla ya estaba medio dura, traicionándome. Ella sacó una cajita de debajo del sofá: una jaula de castidad, de metal frío, con un candado pequeño. «Esto es para que aprendas quién manda», dijo, arrodillándose para ponérmela. Sentí el metal apretando mi verga, encogiéndola contra mis huevos, y un escalofrío me recorrió. «Joder, duele un poco», murmuré. Ella rio: «Se supone que duele, putito. Tu polla ya no te pertenece. Es mía».

Me hizo ponerme de rodillas y lamer sus pies descalzos. Sus uñas pintadas de rojo, el arco perfecto, olían a loción y un toque de sudor del día. «Chúpame los dedos, como si fuera tu cena», mandó, y yo obedecí, saboreando la sal de su piel, sintiendo cómo mi polla intentaba endurecerse dentro de la jaula, pero no podía. Era frustrante, joder, esa presión constante, como si me negaran lo que más quería. Ella gemía bajito, disfrutando mi humillación: «Mira qué bien lo haces, perrito. Confiesa, ¿te excita que te tenga encerrado?». Asentí, con la boca llena de sus dedos: «Sí, ama, me pone a mil». Me obligó a confesar mis fetiches más sucios, los que ni a mí mismo me admitía: que me gustaba la idea de ser cornudo, de verla con otro mientras yo miraba, jaula puesta y sufriendo.

La tensión subió cuando me hizo servirla desnudo. «Limpia el suelo de mi habitación, de rodillas», dijo, tirando migas de pan. Yo gateé, con el culo al aire, la jaula balanceándose entre mis piernas, y cada movimiento me recordaba mi lugar. Ella se sentó en la cama, abriendo las piernas: «Ahora, adórame el coño. Pero no lo toques con la polla, solo con la lengua». Me acerqué, oliendo su aroma almizclado, mojado ya de excitación. Lamí despacio, saboreando sus labios hinchados, el clítoris duro como una perla. «Más profundo, lame mi humedad, puto», gruñó, tirándome del pelo. Yo succionaba, tragando su jugo dulce y salado, mientras mi propia frustración crecía. Intenté tocarme, pero la jaula me lo impedía, y ella se dio cuenta: «Ni lo sueñes. Vas a edging hoy, sin correrte».

Me tumbó en la cama y empezó el juego del edging. Sacó lubricante y me masturbó la punta de la polla asomando por la jaula, lento, torturándome. «Siente cómo late, pero no te corres», susurraba. Yo suplicaba: «Por favor, ama, déjame…». Ella paraba justo al borde, riendo: «No, cornudo. Imagina que estoy follando con un tío de verdad, uno con polla libre». La humillación me excitaba más, joder, el ego roto por sus palabras. Me hizo confesar: «Dime, ¿quieres verme con otro?». «Sí, joder, sí», gemí, al borde de las lágrimas de placer negado. Luego vino lo del strap-on. Se puso un arnés con un dildo negro, grueso, untado en lubri. «De espaldas, abre el culo», ordenó. Sentí la punta presionando mi ano, dilatándome poco a poco. Dolía, pero era un dolor que se mezclaba con placer, como si me follara el alma. Empujó fuerte, y yo grité: «Más, ama, fóllame». Ella azotaba mi culo mientras entraba y salía, chapoteando: «Eres mi puta, ¿entiendes? Gime para mí».

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No paró hasta que estuve al límite, suplicando por un orgasmo que no llegó. La dominación psicológica era lo peor –o lo mejor–: me hacía repetir: «Soy tu perrito, mi polla es tuya». Cada orden humillante me hundía más, pero me excitaba como nunca. Limpié su baño después, desnudo y con la jaula apretando, pidiendo permiso para mear. «Abre la boca primero, lame esto», decía, metiéndome un trapo sucio. Estaba roto, pero jodidamente adicto.

(Alrededor de 950 palabras)

El clímax llegó esa misma noche, cuando Carla decidió que era hora de su placer total. Me tenía atado a la cama, muñecas y tobillos con esposas de cuero, la jaula aún puesta, mi polla latiendo inútilmente contra el metal. Ella se subió encima, desnuda, su piel sudorosa rozando la mía. «Hoy te voy a usar como mi juguete», murmuró, clavándome las uñas en el pecho hasta dejar marcas rojas. Olía a sudor fresco, a coño excitado, ese aroma que me volvía loco. Empezó frotándose contra mi cara, obligándome a oler su humedad: «Huele cómo estoy de mojada por ti, putito, pero no por tu polla miserable».

Lamí con furia, mi lengua hundiéndose en su coño chorreante, saboreando el néctar salado y dulce que goteaba en mi boca. Ella gemía fuerte, sonidos guturales que llenaban la habitación: «¡Sí, chúpame, lame mi clítoris!». Tiró de mi pelo, clavándomelo en la cara, asfixiándome con su calor. Mi nariz rozaba su ano, oliendo ese toque terroso mezclado con su excitación. Mientras, mi polla en la jaula palpitaba, hinchada de frustración, los huevos pesados y doloridos. «Siente cómo late, pero no te corres», se burló, bajando una mano para apretar la jaula. El metal frío contra mi piel caliente era tortura pura, cada latido un recordatorio de su control.

Luego se giró, poniéndose a cuatro patas sobre mí, y me obligó a adorar su culo. «Mete la lengua, lame mi agujero», ordenó. Obedecí, saboreando el sudor salado de sus nalgas, el sabor íntimo y prohibido de su ano. Ella se tocaba el coño, chapoteando con sus dedos, gemidos ahogados: «¡Joder, qué bien lo haces, perra!». El sonido era obsceno, húmedo, como si el aire se cargara de sexo. De repente, se levantó y ajustó el strap-on, ese dildo negro reluciente de lubri y mis propios fluidos. «Ahora te follo de verdad», gruñó, untándome más gel en el culo. Sentí la presión, el estiramiento quemante al entrar, centímetro a centímetro. Dolía como el infierno, pero el placer lo invadía todo, mi próstata estimulada, haciendo que gotas de precum salieran de la jaula.

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Empujó con fuerza, azotándome el culo con palmadas que resonaban: ¡plaf! ¡plaf!. «Gime, cornudo, dime cómo te gusta que te penetre», exigió. Yo suplicaba: «Más fuerte, ama, rómpeme el culo». Cada embestida era un chapoteo de lubri, mi ano dilatado envolviendo el dildo, sensaciones internas que me hacían jadear. Su sudor caía sobre mi espalda, mezclándose con el mío, y el olor –sudor, coño, un toque de semen de sesiones pasadas– me embriagaba. Ella se corrió primero, gritando: «¡Me corro, puto, mira cómo tiemblo!», su cuerpo convulsionando, jugos salpicando mi piel. Bajó una mano y, por fin, abrió la jaula. Mi polla saltó libre, hinchada, venosa. «Córrete para mí, pero solo porque yo digo», jadeó, masturbándome rápido, sus uñas raspando mi glande.

El orgasmo fue brutal, latiendo en chorros calientes sobre mi estómago, el semen espeso y salado que ella recogió con los dedos y me obligó a lamer. «Prueba tu propia corrida, perrito», dijo, metiéndomelos en la boca. Sabía amargo, humillante, pero eso me excitaba más, el taboo rompiéndome. Ella siguió moviéndose sobre mí, su coño rozando mi polla sensible, prolongando mi placer hasta el dolor. Gemidos, súplicas mías, sus risas crueles –todo se mezclaba en una sinfonía sucia. Al final, exhausta, se derrumbó a mi lado, su mano aún en mi pelo, tirando posesiva.

(Alrededor de 650 palabras)

Al amanecer, Carla me desató, pero el dominio no terminó. Me miró con esa sonrisa cabrona, acariciándome la mejilla como si fuera su mascota favorita. «Has sido un buen chico, pero recuerda: tu polla vuelve a la jaula hoy mismo. Eres mío, ¿entiendes? Nada de masturbarte sin permiso, nada de mirar a otras tías». Asentí, con un placer culpable en el pecho, sabiendo que esta sumisión era lo que necesitaba. Me vestí, con el cuerpo marcado por sus uñas y el culo dolorido, pero jodidamente satisfecho. Ella me besó en la frente, dulce pero cruel: «Vuelve pronto, putito, o te castigo de verdad».

Salí de allí pensando en lo adicto que estaba, en cómo su control me había liberado de mi propia represión. Ahora, cada día sin ella es una tortura dulce, esperando su próximo mensaje. Y joder, sé que volveré, porque nada me pone tan cachondo como ser su perra.

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