Relatos de dominación

Dominación Femenina Cruel: Sumisión Total

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Valeria, y la conocí en una app de citas de esas que usas cuando estás harto de la rutina y buscas algo que te saque de la monotonía. Yo soy un tipo normal, de esos que trabajan en una oficina, pagan facturas y se la pelan viendo porno en la intimidad porque la vida real es un coñazo. Me llamo Alex, tengo 32 años, y siempre he sido un poco reprimido, ¿sabes? Me ponía cachondo con ideas raras, como rendirme a una mujer que me mandara, pero nunca se lo había dicho a nadie. Hasta que apareció ella.

Valeria era tremenda, de esas que entran en un sitio y todos giran la cabeza. Alta, con curvas que te dejan seco, pelo negro largo que le caía por la espalda como si nada, y unos ojos verdes que te clavaban como dagas. Pero no era solo guapa; era cabrona, jodidamente segura de sí misma. En su perfil ponía «No busco príncipes, busco perritos obedientes». Me reí al leerlo, pero me empalmé solo de imaginarlo. Le escribí un mensaje tonto, tipo «Hola, ¿qué tal si charlamos?», y ella respondió directo: «Dime, ¿qué te excita de verdad? No me vengas con mentiras». Joder, me pilló desde el minuto uno. Empecé contándole chorradas, pero pronto confesé que me gustaba la idea de una mujer al mando, de perder el control. Ella se rió en el chat: «Eres un putito en potencia, Alex. Nos vemos mañana, pero trae huevos para hablar en serio».

Quedamos en un bar cutre del centro, de esos con luces tenues y música de fondo. Llegó con un vestido negro ajustado que marcaba todo: tetas firmes, culo redondo, piernas que no acababan. Me miró de arriba abajo como si ya me estuviera evaluando. «Siéntate, perrito», me dijo con una sonrisa torcida, y yo obedecí sin pensarlo. Hablamos un rato de tonterías, pero pronto sacó el tema. «Quieres que te domine, ¿verdad? Que te diga qué hacer, que te rompa el ego». Asentí, rojo como un tomate, y ella se inclinó: «Bien, pero hay reglas. La safe word es ‘rojo’. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Asentí de nuevo, el corazón a mil. Esa noche, en su piso, empezó el juego. Me mandó quitarme la camisa y arrodillarme. «Mírame, Alex. Desde ahora, tu polla es mía». Me tocó por encima del pantalón, y yo ya estaba duro como una piedra. Sabía que me tenía pillado, y eso me ponía malo. Era como si por fin pudiera soltar toda esa represión, rendirme a una diosa cabrona que me iba a follar la mente antes que el cuerpo.

Al día siguiente, me desperté en su cama, con ella mirándome como si fuera su propiedad. «Buenos días, putito. Hoy empezamos de verdad». Me obligó a desnudarme del todo, y joder, qué vulnerable me sentí. Su piso era moderno, con vistas a la ciudad, pero yo solo veía su cuerpo envuelto en una bata de seda que apenas tapaba nada. Me miró la polla, semiempalmada, y soltó una carcajada. «Mira qué patético. Vas a ponerte esto». Sacó una jaula de castidad de un cajón, de metal frío, con un candado diminuto. «Es para que aprendas quién manda». Intenté protestar, pero ella me calló con un dedo en los labios. «Silencio, o te vas a casa con las pelotas azules». Me la puso mientras yo jadeaba, el roce del metal contra mi piel me volvía loco. Encajaba justo, apretando lo suficiente para que no pudiera endurecerme del todo. Hizo clic el candado, y se lo guardó en el bolsillo. «Ahora, tu polla ya no te pertenece. Es mía, y solo se libera si yo quiero».

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Los días siguientes fueron una puta tortura deliciosa. Me mandaba mensajes todo el tiempo: «Ponte de rodillas y envíame una foto». Yo lo hacía desde el baño de la oficina, sintiendo la jaula apretar cada vez que me excitaba pensando en ella. Una noche me citó en su casa. Entré temblando, y allí estaba, en lencería roja, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. «Arrodíllate, putito. Y lame mis pies». Se quitó los tacones, y sus pies, perfectos, con uñas pintadas de negro, me esperaban. Olían a sudor ligero del día, a piel caliente. Me arrastré y empecé a lamer, desde los dedos hasta el arco, saboreando el salado de su piel. «Más profundo, zorro. Chupa como si fuera mi coño». Me ponía a mil, la jaula me dolía porque intentaba empalmarme, pero no podía. Ella gemía bajito, disfrutando el poder. «Sabes que eres un perdedor, ¿verdad? Un tipo normal que se muere por lamer los pies de una tía como yo».

La cosa escaló rápido. Una semana después, me tuvo una hora entera en edging. Me ató las manos a la cama, desnudo, con la jaula puesta. Sacó la llave y la abrió, mi polla saltó libre, latiendo como loca. «Tócate, pero no te corras. Si lo haces, te castigo». Empecé a masturbarme despacio, mirándola mientras se quitaba la ropa. Su coño estaba depilado, mojado ya, y el olor me volvía loco, a excitación pura. «Más rápido, puto. Pero para cuando estés al borde». Lo hice, una y otra vez, el placer subiendo hasta que suplicaba: «Por favor, Valeria, déjame correrme». Ella reía, cabrona: «Ni de coña. Tu orgasmo es mío». Me dejó al borde cinco veces, mi polla roja e hinchada, pre-semen goteando. «Mírame mientras me corro pensando en otro». Se tocó el coño frente a mí, dedos hundiéndose, gemidos altos, y yo solo podía mirar, frustrado, excitado por la humillación. «Eres un cornudo en potencia, Alex. Imagina si te hago ver cómo me folla un tío de verdad».

No tardó en pasar. Me confesó fetiches paso a paso, rompiéndome el ego. «Dime, ¿qué te pone más? ¿Ser mi perrito? ¿Lamer mi culo después de que me haya follado alguien?». Confesé todo: el pegging, la humillación, el control total. Ella asentía, sonriendo: «Bien, putito. Mañana limpias mi casa desnudo, con la jaula puesta. Y pides permiso para mear». Lo hice, joder. Serví café en cuclillas, polla encerrada balanceándose, mientras ella me azotaba el culo con una pala si lo hacía mal. «Eres patético, Alex. Un esclavo cachondo que se moja con su propia vergüenza». Cada orden me hundía más, pero me excitaba el doble. La dominación psicológica era lo peor y lo mejor: saber que ella me tenía en la palma de la mano, que mi ego se deshacía con cada «sí, ama».

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Una tarde, me mandó una tarea degradante: «Ven con el culo limpio y untado de aceite». Sabía lo que venía. Entré en su habitación, y allí estaba con el strap-on puesto, un dildo negro grueso, reluciente. «Arrodíllate y chúpalo primero, como buena putita». Lo hice, sintiendo el plástico en la boca, gimiendo mientras ella me sujetaba el pelo. «Buen chico. Ahora, a cuatro patas». Me penetró despacio al principio, el dolor agudo cuando entró, pero luego placer, mi próstata latiendo. «Gime para mí, cornudo. Di que te gusta que te folle el culo». «Sí, ama, me encanta», supliqué, mientras empujaba más fuerte, el chapoteo de su cuerpo contra el mío. La jaula me apretaba, semen goteando sin correrme. Me rompió, joder, y yo lo pedía más.

La tensión crecía cada día. Me obligaba a adorar su cuerpo entero. Una noche, después de edging otra vez, me desató y me puso la cara entre sus piernas. «Olfatea mi coño, puto. Huele cómo estoy mojada por dominarte». El aroma era intenso, a excitación salada, y lamí, lengua hundiéndose en sus labios hinchados, saboreando el jugo dulce y ácido. «Chupa mi clítoris, pero no me hagas correrse rápido». Lo hice, horas enteras, mientras ella me negaba todo. Luego, su culo: «Separa mis nalgas y lame el agujero». Olía a ella, a sudor íntimo, y metí la lengua, gimiendo de humillación. «Eres mi felpudo, Alex. Un lameculos que se empalma con mi mierda».

(Contando palabras hasta aquí: Intro ~420, Desarrollo ~950. Total ~1370)

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Valeria me había tenido en castidad tres días seguidos, mandándome fotos suyas con un tío que había conocido en un bar. «Mira cómo me toca, cornudo. Tú solo miras». En las fotos, ella montada en él, mi polla luchando en la jaula. Me citó: «Ven ya, putito. Hoy te rompo del todo». Entré en su piso, el corazón latiendo fuerte, y ella me esperaba en la sala, desnuda excepto por el strap-on y medias de rejilla. Su piel brillaba bajo la luz baja, sudor ya perlando su cuello. «Desnúdate y arrodíllate. Hoy no hay jaula; te voy a ordeñar como a una vaca».

Me quitó el metal, mi polla saltó dura, venas marcadas, pre-semen cayendo. Pero no me dejó tocarla. Me ató las manos detrás, boca abajo en el sofá, culo al aire. «Primero, te follo hasta que supliques». Escupió en mi agujero y empujó el strap-on, grueso y lubricado, abriéndome centímetro a centímetro. El dolor inicial fue fuego, pero se convirtió en oleadas de placer, mi próstata masajeada con cada embestida. «Gime, perra. Di que eres mi puta». «¡Sí, ama, soy tu puta!», grité, el sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas, chapoteo húmedo, mis gemidos roncos mezclados con los suyos de esfuerzo. Sus uñas se clavaban en mi espalda, tirando mi pelo hacia atrás, arqueándome como a un animal. El tacto de su piel sudorosa contra la mía, caliente y resbaladiza, me volvía loco. Olía a sexo puro: su sudor almizclado, mi excitación, el lubricante dulce.

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Me volteó, aún atado, y se sentó en mi cara. «Adórame mientras te masturbo al borde». Su coño chorreaba, jugos goteando en mi boca cuando lamí, saboreando el salado ácido, lengua girando en su clítoris hinchado. Ella se movía, frotándose, gemidos altos: «¡Joder, sí, lame más profundo!». Al mismo tiempo, su mano en mi polla, apretando fuerte, subiendo y bajando, pero parando justo cuando sentía el orgasmo venir. «No te corras, cornudo. Imagina que estoy follando a otro encima de ti». Supliqué: «Por favor, Valeria, déjame…». Ella rió, cruel: «Cállate y chupa mi culo ahora». Se giró, nalgas separadas, y lamí su agujero apretado, sabor terroso y sudoroso, mientras ella se tocaba y gemía. El olor era intenso, tabú, y eso me excitaba más, mi polla latiendo sola en el aire, al borde sin tocar.

De repente, me soltó las manos. «Fóllame, pero bajo mis órdenes». Me montó, guiando mi polla a su coño empapado. Entré de golpe, calor envolviéndome, paredes apretando. «Muévete lento, puto. Siente cómo te controlo». Cabalgaba, tetas rebotando, uñas en mi pecho dejando marcas rojas. El chapoteo era obsceno, jugos salpicando, sus gemidos: «¡Más profundo, joder!». Yo jadeaba, al límite, pero ella paraba: «No te corras. Eres mi juguete». Luego, me sacó y volvió al strap-on. «Ahora, mírame mientras me corro con esto». Se masturbó frente a mí, dedos hundiéndose, y yo me pajeé frenético bajo su mirada. «¡Córrete para mí, pero solo porque yo digo!». Explote, semen caliente saliendo en chorros, salpicando su muslo, el placer cegador después de días de negación. Ella se corrió después, gritando, jugos goteando en mi cara mientras lamía. Saboreé todo: mi propio semen amargo mezclado con su dulzor, sudor en su piel, el aire cargado de olores a sexo crudo. Mi culo aún palpitaba dilatado, la humillación picando como placer puro, excitándome incluso vacío.

(Clímax ~650 palabras. Total hasta aquí ~2020)

Al final, exhaustos, ella me desató y me hizo limpiar: «Lame tu semen de mi piel, putito». Lo hice, saboreando la mezcla salada, mientras ella me acariciaba el pelo con una ternura cruel. «Eres mío ahora, Alex. Tu lugar es a mis pies, suplicando por más». Asentí, placer culpable inundándome, sabiendo que volvería por más humillación, más control. Ella sonrió: «La próxima vez, te hago lamer de verdad a un cornudo como tú». Me fui con la jaula de nuevo puesta, el cuerpo dolorido pero la mente en llamas, cachondo solo de pensarlo. Joder, qué cabrona; me tiene loco, y no quiero que pare nunca. ¿Quién iba a decir que rendirme sería lo más libre que he sentido?

(Cierre ~250 palabras. Total: ~2270)

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