Relatos de dominación

Dominación Femenina Extrema: Humillación Total

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella entraría en mi vida y la pondría patas arriba. Me llamo Alex, tengo 32 años, un curro normal de oficinista en Madrid, de esos que te dejan el coco frito pero la polla igual de reprimida. Siempre he sido el típico pringao cachondo que se conforma con porno en solitario, fantaseando con ser dominado, pero nunca me animaba a más. Hasta que la conocí a ella, a Laura. La tía estaba tremenda: morena, con curvas que te ponían malo solo de mirarla, ojos verdes que te clavaban como cuchillos y una sonrisa de cabrona que te hacía saber que mandaba ella. Medía como 1,70, con tetas firmes que se marcaban bajo camisetas ajustadas y un culo redondo que te invitaba a arrodillarte. Pero lo que más me flipaba era su actitud: segura de sí misma, como si el mundo le perteneciera. Cabrona, sí, pero jodidamente atractiva, de esas que te hacen sentir pequeño con solo una mirada.

Nos conocimos en una app de ligoteo, de las que usas cuando estás harto de la rutina. Yo ponía fotos normales, ella… hostia, su perfil era un imán. «Busco un sumiso que sepa su lugar», ponía, con una foto en la que salía en tacones, dominando la cámara. Le escribí, nervioso como un crío, y empezamos a chatear. Al principio era coqueteo normal, pero ella pronto sacó el tema: «¿Te gusta que te manden, Alex? ¿O eres de los que follan y ya?». Me puse a mil solo de leerlo. Le confesé mis fantasías reprimidas, cómo me ponía la idea de rendirme, de que una mujer me controlara la polla. Ella se rió en los audios, con esa voz ronca que me erizaba la piel: «Pobrecito, estás pillado desde ya. Vamos a ver si aguantas». Quedamos en un bar cutre de Malasaña, y ahí empezó el juego. Llegó con un vestido negro ceñido, oliendo a perfume caro y a poder. Me miró de arriba abajo y dijo: «Siéntate, pero no me mires a los ojos hasta que te lo diga». Joder, me tenía loco desde el minuto uno. Hablamos, pero ella dirigía: me hizo confesar que nunca había probado BDSM real, que mi polla se ponía dura solo pensando en ser su juguete. «Hoy no follamos, putito. Hoy solo charlamos, pero ya eres mío», soltó, y yo asentí como un idiota, empalmado bajo la mesa. Mencionó lo de la safe word al principio: «Rojo para parar, ¿vale? Todo es consensual, pero una vez dentro, mandas tú… o sea, yo». Implícito estaba que yo lo quería todo, y ella lo sabía.

Al final de la noche, me llevó a su piso, un ático chulo en Chamberí con vistas que daban igual porque solo veía su silueta. No hubo sexo esa primera vez, solo órdenes suaves: «Quítate la camisa, déjame verte». Me temblaban las manos mientras lo hacía, sintiendo su mirada como un latigazo. «Buen chico», murmuró, rozándome el pecho con las uñas. Sabía que me tenía pillado, y yo, reprimido como estaba, solo quería más. Esa noche dormí en su sofá, con la polla dura y la cabeza dando vueltas. Al día siguiente, empezó el verdadero juego. Me mandó un mensaje: «Ven esta tarde. Trae tu ropa sucia, vas a aprender a servir». Joder, qué cabrona. Fui, y ahí, en su salón con luces tenues, me arrodillé por primera vez. «Esto es solo el principio, Alex. Tu polla ya no te pertenece», dijo, y yo creí cada palabra.

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El desarrollo de todo aquello fue como una espiral que me chupaba más adentro, paso a paso, con una tensión que me volvía loco. Empezó con órdenes verbales que me humillaban y me ponían a mil al mismo tiempo. Al día siguiente de esa primera noche, me citó en su piso de nuevo. Entré, y ella estaba en el sofá, con leggings negros que marcaban su coño y un top que dejaba ver el piercing en el ombligo. «Arrodíllate, putito», soltó sin preámbulos, y yo obedecí, el corazón latiéndome en la polla. Se acercó, me levantó la barbilla con el tacón: «Mírame. Vas a confesarme todos tus fetiches sucios, y si mientes, te castigo». Me rompió el ego ahí mismo, haciéndome admitir que soñaba con lamerle los pies después de un día largo, con que me negara el orgasmo mientras ella se tocaba. «Qué patético, Alex. Un tío normal como tú, reprimido, queriendo ser mi perrito». Sus palabras me dolían y me excitaban, el taboo de perder el control me hacía gotear precum en los boxers.

Luego vino lo de la jaula. Joder, eso fue el colmo de la frustración. Una semana después, me presentó el cacharro: un dispositivo de metal frío, con anillos que aprisionan la polla y el escroto. «Póntelo, ahora», ordenó, sentada en la cama con las piernas cruzadas. Yo, desnudo y temblando, lo intenté, pero estaba tan duro que no entraba. Ella se rió, cabrona: «Mira cómo late, pobrecita. Pero ya no es tuya». Me ayudó, empujando mi polla flácida adentro hasta que encajó con un clic. El peso era constante, un recordatorio físico de su dominio. Cada paso me dolía mentalmente: no poder masturbarme, sentirla apretar cuando me ponía cachondo. «Tu polla ya no te pertenece, es mía. Si te portas bien, quizás te deje correrte algún día». Caminaba por su piso sirviendo café, desnudo salvo por la jaula, y cada roce contra la tela me volvía loco. La frustración era brutal: de noche, soñaba con follarla, pero despertaba con la polla hinchada contra las barras, dolorida y negada.

La dominación escalaba con edging largo, que me llevaba al límite una y otra vez. Una noche, me ató las manos a la cama, con la jaula puesta. «Hoy vas a suplicar, putito», dijo, quitándose las bragas y sentándose en mi cara. Su coño estaba mojado, olía a deseo puro, salado y caliente. «Lámelo, pero no te corras. Ni lo intentes». Lamí como un poseso, saboreando sus labios hinchados, el clítoris duro bajo mi lengua, mientras ella gemía y se frotaba contra mi boca. «Más profundo, joder, hazme correr». Yo, con la polla latiendo en la jaula, suplicaba entre lengüetazos: «Por favor, Ama, déjame tocarme». Ella se corrió fuerte, empapándome la cara con su jugo dulce y ácido, pero a mí no me soltó. Luego, sacó un vibrador y me lo pasó por los huevos, edging mi polla encadenada. Me llevaba al borde, sintiendo el semen subir, y paraba: «No, puto. Suplica más». Horas así, mi mente rota por la negación, excitado más por la humillación que por el placer físico. «Eres mío, Alex. Tu orgasmo es un privilegio que no mereces».

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Incluyó adoración de pies y culo, degradándome paso a paso. Después de un día de curro, llegaba oliendo a sudor y ciudad. «Quítame los zapatos, lame», ordenaba. Sus pies eran perfectos, uñas rojas, sudorosos del encierro. Los olía primero, ese aroma terroso y salado que me ponía la jaula a reventar, luego lamía los dedos, chupando cada uno como si fuera su coño. «Buen chico, mi perrito fiel». Una vez, me hizo adorar su culo: se puso a cuatro, abriendo las nalgas. «Méteme la lengua, olerlo todo». Su ano era rosado, con un olor almizclado que me volvía loco, lo lamí devorando, sintiendo su control psicológico romperme. «Sabes que te excita ser mi esclavo de mierda, ¿verdad? Confiésalo». Y yo lo hacía, gimiendo, la humillación avivando el fuego.

Tareas degradantes se sumaron: limpiaba su piso desnudo, con la jaula tintineando, sirviéndole cenas que yo cocinaba. «Pide permiso para mear, putito», decía, y yo suplicaba en el baño, polla goteando de frustración. La dominación psicológica era lo peor y lo mejor: me hacía confesar fetiches en voz alta, como mi deseo de ser cornudo, y ella lo usaba: «Un día te haré mirar cómo me follo a otro, y tú lamerás después». Cada orden me excitaba más por la pérdida de control, el taboo de ser su juguete.

El clímax llegó una noche de viernes, cuando todo explotó en una escena de sexo que me marcó para siempre. Laura me había tenido en jaula una semana entera, edging diario, y yo estaba al límite, la mente nublada por el deseo reprimido. Me citó: «Ven, desnudo bajo el abrigo. Hoy te rompo». Entré en su habitación, iluminada por velas, y ella estaba allí, en lencería negra de cuero, con el strap-on ya ceñido: un dildo negro grueso, venoso, de 18 cm, lubricado y listo. «Arrodíllate y chúpalo primero, putito. Prepárate para mí». Obedecí, la boca llena del silicona salado, gimiendo mientras ella me sujetaba el pelo: «Así, como si fuera una polla de verdad. Imagina que es la de mi amante». El olor a látex y su sudor me invadía, el tacto frío contra mi lengua caliente. Mis pensamientos eran un torbellino: joder, me excita esto, ser su puta, la jaula apretándome la polla hinchada.

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Me puso a cuatro en la cama, untando lubricante en mi culo virgen. «Relájate, o duele más», murmuró, cruel y dulce. Empujó la punta, y el dolor fue agudo, como fuego, mi ano dilatándose alrededor del grosor. Grité, pero ella tapó mi boca: «Cállate y toma, es lo que quieres». Avanzó centímetro a centímetro, el strap-on abriéndome, placer mezclado con el ardor que me hacía jadear. Sentía cada vena frotando mis paredes internas, mi próstata latiendo, la jaula chocando contra mis huevos con cada embestida. «Mírame mientras te follo, cornudo», ordenó, y la miré: sudor perlando su piel, tetas rebotando, ojos fijos en mi rendición. El tacto era intenso: sus uñas clavándose en mis caderas, dejando marcas rojas, tirando de mi pelo para arquearme. Olores everywhere: su coño mojado goteando cerca de mi cara, el lubricante almizclado, mi propio sudor de esfuerzo y excitación. Sonidos crudos: el chapoteo del dildo entrando y saliendo, mis gemidos ahogados, sus azotes en mi culo que resonaban como latigazos, «¡Más fuerte, Ama, joder!», suplicaba yo, roto.

Me volteó, montándome como a una yegua, el strap-on hundiéndose profundo. «Tócate los huevos, pero no te corras», dijo, frotando su clítoris contra la base mientras me penetraba. Mi polla en la jaula latía loca, semen presionando, pero negado. Ella aceleró, gemidos suyos roncos: «Voy a correrme en tu culo, puto». El placer la invadió, su cuerpo temblando, sudor salado cayendo en mi pecho. Yo lamí su piel, saboreando el salitre, mientras mi mente explotaba en humillación: soy suyo, su juguete, el dolor en el culo se mezcla con éxtasis puro. Sacó el strap-on de golpe, untado de lubricante y mi esencia, y me obligó a chuparlo limpio: sabor amargo, terroso, que me hizo gemir de asco y deseo. Luego, se corrió de verdad frotándose contra mi cara, jugos calientes en mi boca, dulce y ácido, mientras yo suplicaba liberación. «No hoy, Alex. Quédate al borde». El clímax fue suyo, total, mi polla goteando en la jaula, sensaciones internas de vacío y plenitud: culo dilatado palpitando, ego destrozado en placer culpable.

Al final de esa noche, exhausto y marcado, Laura me desató la jaula por primera vez en días, pero no me dejó correr. Me acurrucó contra su pecho sudoroso, dulce-cruel: «Eres mío para siempre, putito. Acepta tu lugar, y quizás la próxima vez te deje explotar». Yo asentí, el placer culpable invadiéndome, sabiendo que no quería salir de esto. La humillación era mi adicción, su dominio mi hogar. Se durmió, y yo velé, polla latiendo, pensando en lo que vendría. Joder, qué cabrona… y qué ganas de más.

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