Relatos de dominación

Dominación Femenina Extrema: Sumisión Implacable

La Jaula de Mi Ama

Me llamo Alex, un tipo normal de esos que curra en una oficina de mierda en Madrid, con una vida rutinaria que me tenía harto. No soy un Adonis, pero tampoco un desastre: metro ochenta, pelo castaño revuelto y una polla que se empalma con cualquier cosa si me lo propongo. El problema era que siempre había sido un reprimido de cojones, fantaseando con que alguien me pusiera en mi sitio, que me dominara como en esas pelis porno que veía a escondidas. Joder, me ponía a mil solo de imaginarlo, pero en la realidad era un cobarde que no se atrevía a dar el paso.

Hasta que la conocí a ella: Laura. La tía estaba tremenda, de esas que te dejan la boca seca. Pelo negro largo, ojos verdes que te taladran el alma, curvas que gritaban «mírame pero no me toques». Tenía treinta y tantos, pero se movía con la seguridad de una diosa cabrona, con tacones que resonaban como latigazos y una sonrisa que te hacía saber que ya te tenía pillado. Nos conocimos en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca rollos rápidos. Yo puse un perfil soso, pero ella… joder, su foto era en lencería negra, posando como si el mundo le perteneciera. «Busco un perrito obediente que sepa ladrar cuando se lo ordeno», ponía en su bio. Me empalmé solo de leerlo.

Empezamos a chatear, y al principio era todo coqueteo normal: «¿Qué tal el curro?», «A ver si nos tomamos unas cañas». Pero pronto sacó las garras. Me preguntó si me gustaba que una mujer tomara el control, y yo, como un idiota cachondo, le confesé que sí, que me moría por rendirme. «Prueba conmigo, putito», me escribió. «Pero si entras, no sales. Palabra de ama». Me temblaban las manos mientras respondía. Acordamos vernos en su piso, en el centro. «Usa la palabra ‘rojo’ si quieres parar», me dijo por teléfono, con esa voz ronca que me ponía malo. Consentimiento claro, implícito en cada paso. Yo sabía que era lo que quería, aunque me aterrorizara.

Llegué a su puerta sudando, con el corazón a mil. Ella abrió en vaqueros ajustados y una camiseta que marcaba sus tetas perfectas, pero con una mirada que ya me tenía de rodillas mentalmente. «Pasa, esclavo», dijo, y joder, esa palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago. Entramos, y sin mediar más, me ordenó: «Quítate la ropa. Toda. Ahora». Me quedé ahí, pillado, pero obedecí. Mi polla ya estaba medio dura, traicionándome. Laura se rio, una risa cruel y sexy. «Mira qué polla patética. Ya es mía, ¿entiendes? No la tocas sin mi permiso». Sabía que me tenía enganchado desde el minuto uno. Me miró de arriba abajo, como evaluando su nueva propiedad, y sentí esa tensión psicológica que me volvía loco: el miedo mezclado con una excitación que me quemaba por dentro.

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De entrada, me hizo arrodillarme en el salón, con las rodillas en el suelo frío. «Besa mis botas, perrito», ordenó, quitándose los zapatos y extendiendo un pie descalzo. Sus pies eran perfectos, uñas rojas, piel suave con un leve olor a sudor del día. Me incliné, humillado, y lamí la planta, saboreando esa sal ligera que me hacía latir la polla. «Más profundo, lame entre los dedos, puto. Dime lo mucho que te gusta». Yo, con la voz temblorosa, murmuré: «Me encanta, Ama. Me pone a mil». Ella se rio, pisándome la cara con el otro pie. «Eres un gusano. Tu ego se va a romper pedacito a pedacito conmigo».

Aquella primera noche fue solo el aperitivo. Al día siguiente, me mandó un paquete: una jaula de castidad de metal, pequeña y fría. «Póntela. Y envíame foto», escribió. Joder, qué cabrona. Me la coloqué, encajando mi polla floja en esa prisión ridícula. Cerré el candado con llave que ella guardaba, y de repente, la frustración me invadió. Cada roce del pantalón contra la jaula me recordaba que ya no era mío. Intenté masturbarme esa noche, pero era imposible: la polla intentaba endurecerse, hinchándose contra las barras, dolorida, latiendo sin alivio. Me sentía mentalmente jodido, como si ella me controlara incluso a distancia. «Buen chico», me respondió al ver la foto. «Ahora, suplicas por liberarte».

La cosa escaló rápido. Quedamos de nuevo, y esta vez me obligó a llegar desnudo bajo el abrigo, con la jaula tintineando. En su piso, me hizo confesar mis fetiches más oscuros. «Dime, ¿qué te excita de verdad? ¿Ser cornudo? ¿Lamer mi coño después de que me folle otro?». Me sonrojé, pero la humillación me ponía más cachondo. «Sí, Ama. Todo eso». Ella sonrió, victoriosa. «Bien, putito. Hoy vas a adorarme». Me tumbó en el suelo y se sentó en mi cara, su culo redondo y firme aplastándome. «Olerlo primero. Respira hondo». El aroma era embriagador: sudor mezclado con su excitación natural, un olor a coño mojado que me volvía loco. Lamí su culo, la lengua explorando el agujero apretado, saboreando esa sal amarga mientras ella gemía por encima. «Ahora el coño. Chúpalo como si tu vida dependiera de ello». Su coño era chorreante, labios hinchados, y lo devoré, lamiendo el clítoris hasta que se corrió en mi boca, su jugo dulce y ácido inundándome. Yo, con la jaula apretando mi polla hinchada, supliqué: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella se rio. «Ni de coña. Vas a edging hasta que llores».

Pasamos semanas así. Me controlaba todo: tenía que pedir permiso para mear, para comer. Tareas degradantes diarias: limpiar su piso desnudo, con la jaula balanceándose, mientras ella me azotaba el culo con una pala si lo hacía mal. «Más rápido, esclavo. Tu polla ya no te pertenece; es mi juguete». La negación de orgasmo era brutal. Me hacía edging durante horas: me liberaba la jaula un rato, me masturbaba al borde, con la polla goteando precum, latiendo como un corazón desesperado. «Para. Ahora». Lo repetía una y otra vez, hasta que suplicaba, lágrimas en los ojos. «¡Ama, por favor! ¡No aguanto!». Ella solo sonreía: «Tu placer es mío. Rompete el ego, puto. Admite que eres un cornudo patético». Una noche, para humillarme más, trajo a un tío. Me obligó a mirar desde la esquina, atado, mientras ella lo follaba en la cama. «Mira cómo me hace gritar, perrito. Tú nunca podrías». El sonido de sus cuerpos chocando, sus gemidos, el chapoteo de su coño mojado… Me tenía loco de celos y excitación, la jaula mojada de mi propia frustración. Después, me hizo lamer el semen de su coño, caliente y pegajoso, mientras ella me susurraba: «Esto es lo que mereces, cornudo».

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Pero lo que me rompió de verdad fue el pegging. Había confesado que me intrigaba, y ella no perdonó. «Hoy te follo el culo, esclavo. Vas a gemir como una perra». Me preparó: lubricante frío en el agujero, dedos dilatándome mientras yo jadeaba. «Relájate, putito. Esto duele, pero te va a encantar». Se puso el strap-on, un dildo negro grueso, y me penetró despacio al principio. El dolor fue agudo, como si me partiera en dos, pero luego vino el placer prohibido, la próstata estimulada haciendo que mi polla enjaulada goteara sin parar. «¡Más fuerte, Ama!», supliqué, mientras ella embestía, tirándome del pelo, uñas clavadas en mi espalda. «Gime para mí, cornudo. Di que eres mi puta». La dominación psicológica era lo peor: cada embestida me hacía sentir más suyo, más roto, más excitado por la humillación.

Llevábamos un mes en esto cuando llegó el clímax, una noche que no olvidaré nunca. Laura me citó en su piso, y al entrar, ya estaba desnuda, solo con medias de red y tacones. «Hoy te rompo del todo, perrito. Quítate todo y arrodíllate». Obedecí, la jaula ya apretando por la anticipación. Me liberó la polla, que saltó dura como una barra de hierro, venosa y palpitante, goteando. «Mírala, qué patética. Toquela, pero no te corras». Empecé a masturbarme, el tacto de mi propia mano después de tanto tiempo era eléctrico, piel sensible y sudorosa. Ella se acercó, su cuerpo cálido rozándome, olor a perfume mezclado con sudor fresco. «Más rápido. Al borde». Lo hice, jadeando, el sonido de mi mano chapoteando en la piel húmeda llenando la habitación. «¡Para!». Supliqué, pero ella solo se rio.

Entonces, me empujó al suelo boca arriba. Se montó en mi cara de nuevo, pero esta vez frotando su coño mojado contra mi boca. «Lámelo, puto. Saborea lo que nunca tendrás del todo». Su coño era un horno: labios hinchados, clítoris duro, jugos calientes y salados inundándome la lengua. Lamí con furia, chupando, mientras ella gemía ronco, «¡Sí, así, esclavo! Come mi coño como el cerdo que eres». El olor era intenso, almizclado, sudor y excitación pura, y el sabor me volvía loco, ácido y dulce. Mis manos intentaban tocar mi polla, pero ella las apartó de un pisotón. «No. Tú solo sirves».

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Bajó, aún jadeando, y se colocó sobre mi polla. «Hoy te follo yo». Se hundió en mí despacio, su coño apretado envolviéndome como un puño caliente, paredes húmedas palpitando. Empecé a gemir, el tacto de su interior era abrasador, sudor goteando de su piel a la mía. Ella cabalgaba con control total, subiendo y bajando, uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas. «¡Mírame mientras me corro pensando en otro, cornudo!». Sus gemidos eran salvajes, «¡Joder, sí!», y el chapoteo de su coño contra mi polla era obsceno, jugos salpicando. Yo sentía cada contracción, mi polla latiendo dentro, al borde, pero ella paraba justo antes. «Suplica». «¡Ama, por favor, déjame correrme! ¡Te lo ruego!». Tiró de mi pelo, obligándome a mirarla a los ojos. «No. Tú corres cuando yo diga».

Cambió de posición, poniéndose a cuatro y ordenándome follarla por detrás, pero con reglas: «Lento, o te enjaulo de nuevo». Obedecí, embistiendo su culo perfecto, tacto suave y sudoroso, el olor de su excitación subiendo como humo. Sus nalgas rebotaban contra mí, y de pronto, sacó el strap-on. «Ahora invierto. Prepárate». Me penetró mientras yo la follaba a ella con los dedos, un lío de cuerpos. El dolor-placer en mi culo era intenso, dilatado por el dildo, próstata masajeada, haciendo que mi polla latiera sin control dentro de su coño. Gemidos por todos lados: los míos ahogados, los suyos triunfales, azotes en mi culo resonando. «¡Siente cómo te poseo, puto!». El sudor nos pegaba, olores mezclados –su coño mojado, mi semen reprimido, el lubricante almizclado–. Finalmente, cuando ella se corrió gritando, contrayéndose alrededor de mis dedos, me permitió: «¡Córrete ahora, esclavo!». Explosé dentro de ella, chorros calientes y espesos, el placer tan intenso que dolía, semen goteando, sabor salado en el aire mientras lamía lo que salpicaba.

Me derrumbé, exhausto, su cuerpo encima del mío, piel pegajosa y temblorosa. Ella se levantó, limpiándose con una toalla, y me miró con esa sonrisa cabrona. «Buen chico. Pero no creas que esto acaba. Eres mío para siempre».

Al día siguiente, ya con la jaula de vuelta, me mandó un mensaje: «Limpia mi piso desnudo hoy. Y recuerda, tu polla late por mí, no por ti». Acepté mi lugar con un placer culpable, excitado por la humillación que me ataba. Joder, qué cabrona. Me tenía loco, y no quería que parara. ¿Y si traía a otro la próxima vez? El pensamiento me empalmaba en la jaula, dejando claro que su dominio era total, y yo, su puto sumiso eterno.

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