Relatos de dominación

Ama Cruel Impone Jaula de Castidad 24/7 al Esclavo Sumiso en Dominación Femenina Total, Humillación con Pegging y Adoración de Pies hasta su Completa Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Laura, una morena de curvas que quitan el aliento, con ojos que te clavan como si ya supiera todos tus secretos sucios. Mide como 1,70, con tetas firmes que se marcan bajo cualquier blusa, y un culo redondo que te hace babear solo de pensarlo. Es de esas cabronas seguras de sí mismas, que camina como si el mundo le debiera algo, y coño, le queda de puta madre. Yo soy Pablo, un tipo normal de 32 años, oficinista en una empresa de mierda, con una vida sexual que se resume en pajas rápidas y porno de femdom que me ponía a mil pero que nunca me atrevía a llevar más allá. Reprimido hasta la médula, con esa ganas de rendirme que me carcomía por dentro.

Nos conocimos en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca rollos sin complicaciones. Yo puse una foto decente, ella una en la que salía con un vestido negro ajustado, sonriendo como si te estuviera retando. Empezamos chateando, y joder, la tía era directa. «Dime, Pablo, ¿qué te pone de verdad? No me vengas con mariconadas románticas». Le confesé que me flipaba la idea de que una mujer me mandara, que me controlara, pero lo dije a medias, con vergüenza. Ella se rio en el chat: «Pobrecito, un sumisito reprimido. Ven a mi casa y veremos si aguantas». Quedamos esa misma noche. Cuando abrí la puerta de su piso en el centro, allí estaba, en pantalones de yoga que le marcaban el coño y una camiseta que dejaba ver el piercing en el ombligo. «Pasa, putito. Y cierra la boca, que pareces un idiota mirándome las tetas».

Desde el minuto uno, supe que me tenía en sus manos. Me hizo sentarme en el sofá mientras ella se ponía un vaso de vino, cruzando las piernas como si yo no existiera. «Desnúdate. Todo. Quiero ver qué mercancía tengo». Me quedé tieso, con la polla ya medio empalmada solo de oírla. «Laura, ¿estás segura? O sea, ¿qué pasa si…?». Ella me cortó: «Cállate y hazlo, o lárgate. La palabra de seguridad es ‘rojo’, si no, obedece». Asentí, temblando, y me quité la ropa. Estaba desnudo delante de ella, con la polla tiesa como una barra de hierro, y ella solo sonrió, cabrona. «Mira qué patético. Ya estás goteando por mí y ni te he tocado. Arrodíllate». Me arrodillé, joder, sin pensarlo. Me ponía malo solo de mirarla, de oler su perfume mezclado con ese aroma natural de mujer que me volvía loco. Sabía que me tenía pillado, que esto era el principio de algo que me iba a romper por dentro y por fuera. Y coño, no podía esperar.

La cosa escaló rápido, pero paso a paso, como si ella estuviera tejiendo una red alrededor de mi polla y mi mente. Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven con ropa interior limpia. Hoy empezamos de verdad». Llegué nervioso, con el corazón latiéndome en la garganta. Ella me abrió la puerta en lencería negra, con medias hasta los muslos y tacones que la hacían parecer una diosa sádica. «Desnúdate y ponte a cuatro patas, como el perrito que eres». Obedecí, sintiendo el suelo frío contra mis rodillas. Me miró de arriba abajo, riéndose. «Tu polla ya no te pertenece, Pablo. Es mía. Y para que lo aprendas, te voy a poner una jaula». Sacó una cajita de debajo del sofá, un cacharro de metal negro con un candado diminuto. «Esto es para castidad, putito. Te lo pongo y solo yo decido cuándo sales».

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Me lo colocó ella misma, fría y experta, lubricando un poco mi polla que ya intentaba endurecerse. El clic del candado fue como un puñetazo en el estómago. Frustración pura: la piel tensa contra el metal, cada movimiento rozando lo justo para excitarme pero sin dejarme crecer. «Ahora, adórame los pies. Limpia mis tacones con la lengua». Me arrastré hasta sus pies, oliendo el cuero mezclado con su sudor del día. Lamí, chupé, saboreando el polvo y la sal de su piel cuando se quitó las medias. «Más profundo, idiota. Mete la lengua entre los dedos». Me ponía a mil esa humillación, el ego hecho mierda mientras mi polla latía inútil en la jaula, goteando precum que no podía tocar. Pensaba: «Joder, soy un patético, pero me encanta que me trate así».

Pasaron días así, con tareas degradantes que me volvían loco. Me obligaba a servirla desnudo, solo con la jaula colgando. «Limpia la cocina, cornudo en potencia. Y si lo haces bien, quizás te deje oler mi coño». Limpiaba a gatas, con el culo al aire, mientras ella se sentaba en la encimera y se tocaba despacio, gimiendo bajito para torturarme. «Mírame mientras me corro pensando en otro. En un tío de verdad, con polla libre». La veía frotarse el clítoris, el coño hinchado y mojado, oliendo a sexo puro, y yo suplicaba: «Por favor, Ama, déjame lamer». Ella reía: «Ni de coña. Tú solo miras y sufres». Una vez, me hizo confesar mis fetiches más oscuros. «Dime, Pablo, ¿qué te pone más? ¿Ser cornudo? ¿Que te folle el culo?». Balbuceé todo, rojo como un tomate: «Sí, me excita imaginarte con otro, y… y que me penetres». Rompió mi ego con palabras: «Eres un puto sumiso, no un hombre. Tu sitio es debajo de mí, suplicando».

La dominación psicológica era lo peor y lo mejor. Me tenía comiendo de su mano, pidiendo permiso para mear, para comer. «Di ‘por favor, Ama, permite a este esclavo orinar'». Lo decía, joder, y cada vez me sentía más suyo, más cachondo por la pérdida de control. Una noche, escaló a edging. Me quitó la jaula por primera vez en una semana, mi polla saltó libre, dura como piedra. «Te voy a masturbar, pero no te corres. Si lo haces, castigo». Me untó lubricante, bombeando lento, deteniéndose justo cuando sentía el orgasmo subir. «Para, putito. Siente cómo late, cómo duele no explotar». Lo repitió diez veces, yo suplicando: «Ama, no aguanto, déjame correrme». Ella: «Ni lo sueñes. Tu placer es mío». Al final, me volvió a encerrar, con las bolas hinchadas y azules, la mente hecha un lío de deseo y rabia. Me excita más la humillación que el toque, coño, saber que ella manda y yo solo existo para servir.

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Luego vino el pegging, que me dejó temblando. «Hoy te voy a follar como a una perra», dijo una tarde, sacando un strap-on negro, grueso, con arnés que le ceñía las caderas. Me puso a cuatro patas en la cama, untando lubricante en mi culo virgen. «Relájate, cornudo. Esto es por desobedecer anoche al no limpiar bien». Empujó despacio, el glande abriéndose paso, dolor agudo que se mezclaba con placer prohibido. Gemí como un idiota: «Ama, duele… pero no pares». Ella embistió más fuerte, clavándome las uñas en las caderas, tirándome del pelo. «Gime para mí, puto. Siente cómo te lleno». El chapoteo del lubricante, sus caderas chocando contra mi culo, mis súplicas… todo escalaba la tensión. Mi polla en la jaula goteaba, latiendo con cada penetración, el taboo de ser follado rompiéndome por dentro. «Admite que te encanta ser mi zorra». «Sí, Ama, soy tu zorra», jadeé, y ella rio, follándome hasta que me corrí sin tocarme, un orgasmo seco y frustrante que me dejó exhausto.

La humillación cornudo fue el colmo. Una noche, trajo a un tío, un tipo alto y cachas que olía a colonia cara. «Mira, Pablo, este es Javier. Él sí me folla de verdad». Me obligó a sentarme en una silla, atado, con la jaula apretando. Los vi follar en la cama: ella encima, cabalgándolo, el coño tragándose su polla gruesa mientras gemía: «¡Joder, sí, fóllame fuerte!». Yo miraba, polla intentando endurecerse en vano, oliendo el sexo en el aire –sudor, coño mojado, su verga palpitante–. «Mírame mientras me corro con él, putito. Tú solo limpias después». Cuando terminaron, con semen chorreando de su coño, me desató y me puso entre sus piernas. «Lame, cornudo. Saborea lo que no puedes darme». Lamí, salado y amargo, su coño hinchado y el semen ajeno en mi lengua, humillado hasta el hueso pero empalmado en la jaula. «Buen chico. Esto es tu lugar».

El clímax llegó una noche de viernes, cuando ya no podía más con la tensión acumulada. Laura me había tenido en castidad dos semanas, con edging diario y tareas que me dejaban la mente en llamas. «Hoy te libero, pero bajo mis reglas. Todo para mi placer». Me quitó la jaula en el dormitorio, mi polla saltando libre, roja e hinchada, goteando como un grifo. Ella se desnudó despacio, tetas perfectas con pezones duros, coño depilado y mojado brillando bajo la luz. «Arrodíllate y adórame primero». Me arrastré, enterrando la cara en su coño, oliendo ese aroma almizclado de excitación, lamiendo los labios hinchados, saboreando el jugo salado y dulce. «Chupa el clítoris, putito. Hazme correrme en tu boca». Gemí contra su piel, lengua girando, mientras ella me tiraba del pelo, clavándome las uñas en el cuero cabelludo. El tacto de su sudor mezclado con el mío, piel caliente y pegajosa, me volvía loco.

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Luego, me tumbó en la cama boca arriba, montándome la cara. «Siente mi peso, esclavo. No respiras hasta que yo diga». Su culo y coño asfixiándome, olores intensos: sudor de sus nalgas, coño empapado goteando en mi boca. Lamí como un poseído, chapoteo de mi lengua contra su carne, sus gemidos roncos: «¡Joder, sí, lame más profundo!». Se corrió fuerte, temblando, jugos inundándome la cara, sabor ácido y caliente. «Ahora, mi turno de controlarte». Sacó el strap-on, pero esta vez me penetró mientras me masturbaba ella misma. A cuatro patas, empujó el dildo en mi culo, dilatándome con embestidas lentas al principio, luego brutales. Dolor-placer punzante, mi próstata latiendo, polla libre ahora pero bajo su orden: «No te corras hasta que yo diga». Sus uñas arañándome la espalda, tirando mi pelo hacia atrás, sonidos de carne chocando, mis jadeos suplicantes: «Ama, por favor, estoy al borde…».

Cambié de posición: ella encima, strap-on hundiéndose mientras me ordeñaba la polla con una mano enguantada. «Siente cómo te follo, cornudo. Imagina que es la polla de Javier». El olor a sexo llenaba la habitación –sudor nuestro, lubricante, su coño frotándose contra mi muslo–. Gemidos everywhere: los suyos salvajes, los míos ahogados en súplica. «¡Más fuerte, Ama! Me tienes loco!». Saboreé su sudor lamiéndole el cuello, salado y adictivo, mientras mi polla latía en su puño, edging eterno. Sensaciones internas me destrozaban: culo dilatado y lleno, humillación excitándome más que el roce, ego pulverizado en placer culpable. Finalmente, gritó: «¡Córrete ahora, puto!». Exploté, semen caliente salpicando su tripa, chorros interminables tras semanas de negación, cuerpo convulsionando mientras ella seguía embistiendo, prolongando el orgasmo hasta el dolor. «Buen chico. Todo mío».

Después, me dejó exhausto en la cama, limpiándome con una toalla mientras se ponía una bata. «Has sido obediente, Pablo. Pero recuerda: tu jaula vuelve mañana. Eres mío, para siempre». Asentí, placer culpable inundándome, sabiendo que aceptaba mi lugar –debajo de ella, su sumiso patético y cachondo–. Me excita esta rendición, joder, el taboo de ser controlado por una cabrona como ella. Y mientras me dormía oliendo su aroma en las sábanas, pensé: «¿Qué coño vendrá ahora? Solo espero que no pare nunca».

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