Relatos de dominación

Dominación Femenina Pegging: Humillación Explosiva

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, una morena de curvas que te dejan la polla tiesa solo con una mirada. Alta, con tetas firmes que se marcan bajo las camisetas ajustadas, y un culo redondo que parece gritar «tócalo si te atreves». Pero no era solo el físico; era esa seguridad cabrona, como si el mundo le perteneciera y tú fueras un puto accesorio. Yo soy Dani, un tipo normal, de esos que curra en una oficina de mierda, ve porno en secreto y se reprime como un idiota porque no quiere parecer un pervertido. Pero en el fondo, siempre he tenido esa fantasía de rendirme, de que una mujer me ponga en mi sitio y me haga su juguete.

Nos conocimos en una app de citas, de esas donde la gente busca rollos sin complicaciones. Yo puse una foto decente, ella la suya con un bikini que dejaba poco a la imaginación. Empezamos chateando, y al principio era lo de siempre: «¿Qué tal el finde?» Pero pronto ella sacó el tema del control. «Me gusta mandar, ¿tú qué? ¿Eres de los que obedece o de los que se hace el machote?» Joder, me puso a mil solo con eso. Le confesé que me excitaba la idea de una mujer al mando, y ella se rio en el chat: «Pobrecito, vas a ser mío». Quedamos en un bar cutre del centro, y allí estaba, con un vestido negro que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Me miró de arriba abajo y dijo: «Vas a ser un buen chico para mí, ¿verdad?». Asentí como un tonto, la polla ya medio empalmada bajo los pantalones.

Esa noche no follamos, pero me llevó a su piso y me hizo arrodillarme en el salón. «Safe word es ‘rojo’, si lo dices paramos todo. ¿Entendido, putito?» Asentí, el corazón latiéndome como un tambor. Me hizo quitarme la camisa y me miró con esa sonrisa de depredadora. «Buen comienzo. Ahora, dime qué te pone cachondo de verdad». Le conté mis fantasías reprimidas: ser atado, humillado, controlado. Ella se rio, suave pero cruel. «Sabía que eras un sumiso de manual. Desde hoy, tu polla es mía. ¿Me oyes?». Joder, me tenía pillado desde el minuto uno. Esa seguridad suya, esa forma de mirarte como si fueras prescindible pero útil, me volvía loco. Empezó el juego esa misma noche, mandándome mensajes toda la semana: «No te toques, Dani. Piensa en mí mientras te pones duro». Yo obedecía, frustrado y excitado, sabiendo que esto solo era el principio. La tía estaba tremenda, y yo ya era su marioneta.

El desarrollo de todo esto fue como una puta adicción que me consumía paso a paso. Al principio, eran órdenes simples por WhatsApp. «Envíame una foto de tu polla tiesa, pero no te corras». Lo hacía en el baño del curro, sudando, la verga palpitando en la mano mientras intentaba no pasarme. Ella respondía con un «Buen chico, pero eso no es tuyo para jugar». Joder, me ponía malo de lo cachondo que me dejaba esa mierda. Una semana después, me citó en su piso de nuevo. Entré nervioso, y allí estaba ella en el sofá, con leggings negros que marcaban su coño y un top que dejaba ver el piercing en el ombligo. «Arrodíllate, putito», ordenó, y yo caí de rodillas sin pensarlo. Me miró desde arriba, cruzando las piernas. «Hoy vas a adorarme los pies. Quítame las zapatillas con la boca».

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Obedecí, el olor a sudor y cuero me golpeó la nariz mientras le chupaba los dedos de los pies, uno a uno, saboreando la sal de su piel. «Eso es, lame como si fuera tu cena. Tu lengua es para servirme, no para nada más». Me tenía el ego por los suelos, pero la polla me dolía de lo dura que estaba. Luego me hizo oler su culo, poniéndome la cara contra él mientras se inclinaba en el sofá. «Huele cómo huelo yo de verdad, perdedor. Imagina que nunca vas a follarme, solo oler». El aroma almizclado de su entrepierna me volvía loco, y ella se reía mientras yo gemía contra la tela. «Confiesa, Dani. ¿Te excita ser mi esclavo?». «Sí, Ama, me pone a mil», balbuceé, y ella me dio una palmada en la cabeza. «Bien, porque tu polla ya no te pertenece. Mañana te pongo la jaula».

Al día siguiente, llegó el paquete. Una jaula de castidad de metal, fría y ajustada. Me la puso ella misma, en su habitación, mientras yo estaba desnudo y temblando. «Mira cómo te encoge la verga patética», dijo, cerrando el candado con un clic que resonó en mi cabeza. La frustración fue inmediata: la polla intentaba endurecerse contra las barras, un dolor constante que me recordaba su control. «Vas a llevarla una semana. Si te portas bien, te dejo edging». Joder, qué cabrona. Durante esos días, me mandaba fotos suyas masturbándose, su coño depilado y mojado en primer plano. «Mírame mientras me corro pensando en otro, cornudo». Me tenía al borde, suplicando por mensajes: «Por favor, Ama, déjame tocarme». Ella respondía: «Ni lo sueñes. Tu placer es mío para negarlo».

La dominación escalaba. Una noche me hizo ir a su piso para una sesión de edging. Me ató las manos a la espalda y me sentó en una silla, la jaula quitada por fin. Me masturbaba despacio, deteniéndome justo cuando sentía que iba a correrme. «No te corras, puto. Suplica». «Por favor, Carla, déjame… estoy al límite». Ella se reía, frotando su coño contra mi cara sin dejarme lamer. «Siente cómo estoy mojada por ti, pero no para ti. Eres mi juguete». Lo repetimos una hora, mi polla roja y latiendo, bolas hinchadas de frustración. La humillación mental era lo peor –y lo mejor–. Me hacía confesar fetiches: «Dime, ¿te gustaría verme follar con otro?». «Sí, Ama, me excita ser cornudo». Rompía mi ego con palabras: «Eres un perdedor que se empalma con su propia humillación. Patético, pero útil».

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Luego vinieron las tareas degradantes. Me hacía servirla desnudo, con la jaula puesta. «Limpia el suelo de rodillas mientras yo veo Netflix». O «Pídeme permiso para mear, esclavo». Cada «sí, Ama» me hundía más, pero la excitación crecía con la pérdida de control. Una vez, me obligó a lamer su coño después de que se masturbase. «Saborea mi jugo, pero no te corras». El sabor ácido y dulce me volvía loco, su clítoris hinchado bajo mi lengua mientras ella gemía y me tiraba del pelo. «Más profundo, putito. Adora lo que nunca tendrás del todo». Y el pegging… joder, eso fue el punto de no retorno. Me lubricó el culo con dedos fríos, susurrando: «Vas a tomar mi strap-on como la perra que eres». El dildo era grueso, negro, y cuando me penetró despacio, el dolor se mezcló con un placer prohibido. «Gime para mí, Dani. Siente cómo te follo el ego». Empujaba más fuerte, mis gemidos llenando la habitación, la jaula balanceándose con cada embestida. Me tenía roto, suplicando más mientras ella controlaba el ritmo.

Todo culminaba en esa noche que no olvidaré. Habíamos acordado una sesión full, con safe word en pie. Ella me tenía desnudo en su cama, la jaula quitada después de días de tortura. «Hoy te voy a follar como se merece un sumiso», dijo, poniéndose el strap-on con una sonrisa malvada. Pero antes, me hizo adorar cada parte de ella. Empecé por sus pies, lamiendo los dedos sudorosos después de un día largo, el sabor salado pegándose a mi lengua. «Chupa bien, que luego viene lo bueno». Subí a su culo, enterrando la cara entre sus nalgas firmes, inhalando el olor almizclado de su piel. «Huele mi ano, cornudo. Imagina que es lo más cerca que estarás de follarme». Ella se arqueó, gimiendo bajito, y yo lamí con hambre, la lengua explorando su entrada mientras mi polla goteaba pre-semen.

Luego me montó la cara, su coño mojado aplastándome la boca. «Lame, puto. Hazme correrme». El sabor era intenso: jugos dulces y salados, su clítoris endureciéndose contra mi lengua. Chapoteaba contra mi cara, sus muslos sudorosos apretándome las orejas, el olor a excitación femenina invadiéndome. «¡Joder, sí! No pares, esclavo». Se corrió gritando, inundándome la boca con su squirt, y yo tragué todo, la humillación quemándome por dentro pero excitándome más. «Buen chico. Ahora, a cuatro patas».

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Me puso en posición, el strap-on lubricado rozando mi culo. «Pídemelo, Dani. Di que quieres que te folle como a una zorra». «Por favor, Ama, fóllame el culo», supliqué, la voz rota. Empujó despacio al principio, el dildo abriéndose paso, dilatándome con un ardor que me hizo gemir alto. «¡Ah, joder! Duele… pero no pares». Ella se rio, clavándome las uñas en las caderas, tirándome del pelo para arquearme. «Siente cómo te poseo. Tu culo es mío». Empezó a bombear, fuerte y rítmico, el chapoteo de la lubricación mezclándose con mis gemidos y sus gruñidos. La polla me latía libre, rozando las sábanas, pero ella me negaba el orgasmo: «No te corras sin permiso, perdedor». El dolor se convertía en placer, oleadas de éxtasis subiendo desde el culo, mi próstata masajeada con cada embestida. Sudábamos los dos, su piel pegajosa contra la mía, olor a sexo y sudor llenando la habitación.

De repente, me volteó y se subió encima, frotando su coño contra mi polla dura pero sin penetrarme. «Mírame mientras me corro en tu verga, pero tú no entras». Se masturbaba rápido, sus jugos mojándome las bolas, y yo suplicaba: «Por favor, déjame correrme». Ella aceleró, gimiendo alto, sus tetas rebotando, uñas arañándome el pecho. «¡Córrete conmigo, puto! Pero solo porque yo lo digo». Exploto en ese momento, chorros de semen caliente salpicando su vientre, el placer tan intenso que vi estrellas. Ella se corrió encima, su coño convulsionando, untándome con su humedad. Saboreé el sudor de su cuello cuando me besó, cruel y posesiva, mientras mi cuerpo temblaba en post-orgasmo. La humillación era total: yo había suplicado, ella había mandado, y eso me excitaba más que el acto mismo.

Después, me hizo lamer el semen de su piel, el sabor amargo y salado mezclándose con su sudor. «Límpialo todo, cornudo. Eso es lo que mereces». Me sentía vacío pero lleno, roto pero completo.

Al final de la noche, Carla me quitó la jaula por completo, pero me miró con esa sonrisa que dice «esto no acaba aquí». «Eres mío, Dani. Tu polla, tu culo, tu mente – todo. Acepta tu lugar, y quizás te deje más». Yo asentí, el placer culpable ardiéndome en el pecho. Sabía que volvería, que esta sumisión era mi nueva adicción. Me vestí con piernas temblorosas, y ella me dio un beso en la frente, dulce pero cruel. «Buen chico. La próxima vez, te hago limpiar después de que folle con otro». Joder, solo de pensarlo, mi polla dio un tirón. ¿Quién coño soy yo para resistirme a una ama como ella?

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