Relatos de dominación

Ama Cruel en Femdom: Jaula de Castidad, Pegging y Adoración de Pies hasta su Completa Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que acabaría así, de rodillas en mi propio salón, con la polla encadenada en una puta jaula de metal que me tenía los huevos hinchados como globos. Todo empezó hace unos meses, en una app de citas que usaba para ligar un poco, porque mi vida era un coñazo: curro de oficina, pisos solos y pajas nocturnas pensando en tías que ni conocía. Yo soy un tipo normal, de esos que se pone cachondo con cualquier falda pero reprime todo porque «hay que ser hombre serio». La vi en la foto de perfil: una morena de curvas asesinas, ojos que te taladraban y una sonrisa que gritaba «soy la jefa». Se llamaba Laura, o eso ponía, pero desde el primer mensaje supe que era una cabrona de campeonato. «Hola, perdedor. ¿Buscas que te ponga en tu sitio?», me escribió. Me quedé empalmado solo de leerlo. Respondí algo tonto, tipo «quizá», y de ahí arrancó el rollo.

Nos citamos en un bar cutre del centro. La tía estaba tremenda: falda negra ajustada que le marcaba el culo redondo, blusa escotada dejando ver justo lo suficiente para ponerme malo, y tacones que resonaban como órdenes. Yo, con mi camisa planchada y nervios a flor de piel, me acerqué. «Siéntate y cállate hasta que te hable», me soltó de entrada, sin ni siquiera mirarme. Joder, qué subidón. Hablamos poco; ella me interrogaba como si yo fuera un puto sospechoso. «¿Te has follado a muchas? ¿O eres de los que solo miran porno y se cascan una?» Le confesé que era reprimido, que me ponía la idea de rendirme a una mujer que mandara. Ella se rio, una risa que me erizó la piel. «Bien, porque yo soy tu ama ahora. Si quieres jugar, hay reglas. Palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos. Pero si no, te jodes y obedeces.» Asentí como un idiota, sabiendo que me tenía pillado desde el minuto uno. Esa noche me mandó a casa con la tarea de no tocarme la polla en una semana. «Prueba a ver si aguantas, putito.» No sabes lo que es irte a la cama con los huevos revueltos, pensando en su olor a perfume caro y sudor fresco.

Al día siguiente, me citó en su piso. Era un ático chulo, con vistas a la ciudad y un aire de lujo que me hacía sentir pequeño. Entré y ahí estaba, en sofá de cuero, con una copa de vino en la mano. «Desnúdate. Todo.» Me temblaban las manos mientras me quitaba la ropa, quedando en pelotas delante de ella. Mi polla ya semiempalmada, traicionera. Ella se acercó, me miró de arriba abajo y soltó: «Patético. Mírate, tieso como un palo solo por verme. Arrodíllate y besa mis pies.» Sus pies descalzos, con uñas rojas y piel suave, olían a crema y a algo salvaje. Me puse de rodillas, el suelo frío contra mis rodillas, y lamí sus dedos como un perro hambriento. Sabían a sal y a victoria, joder. «Bien, perrito. Ahora, cuéntame tus fetiches sucios. No me mientas o te echo.» Confesé todo: que me ponía la humillación, imaginarme cornudo, que me controlara el orgasmo. Ella sonrió, esa sonrisa que me rompía el ego. «Sabía que eras un sumiso reprimido. Hoy empezamos con algo básico: te pongo una jaula en esa polla inútil. No es tuya ya; es mía.»

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Me llevó al baño, sacó una cajita negra y de ahí la jaula: un artilugio de metal frío, con anillos que me apretaban la base y una jaulita que encerraba mi verga flácida. «Manos quietas, puto. Yo lo hago.» Sus dedos fríos rozaron mi piel, ajustando todo con precisión cruel. El clic del candado fue como una sentencia. Intenté empalmarme, pero el metal me lo impedía, solo dolor y frustración. «Ahora vives con eso. Pides permiso para mear, para pajearte… aunque no te lo daré.» Salí de allí con la polla latiendo contra las barras, los huevos pesados, y un mensaje en el móvil: «Mañana, tareas. Limpia mi piso desnudo. Y trae tu cepillo de dientes; lo vas a usar en sitios interesantes.»

La dominación fue escalando como una puta adicción. Al principio, eran órdenes simples por WhatsApp: «Envíame foto de tu jaula cada hora, con huevos azules.» Me ponía a mil, pero también me volvía loco la frustración. Los días pasaban y yo suplicando: «Por favor, Ama, déjame correrme.» Ella: «Ni de coña, putito. Tu placer es mío.» Una noche me citó para edging. Llegué a su piso, ya con la jaula aflojada un poco para el juego. «Quítatela, pero no te corras. Solo al borde.» Se sentó en la cama, piernas abiertas, falda subida mostrando su coño depilado y mojado. «Mírame y tócate despacio.» Yo de pie, polla libre por fin, la casqué mirando cómo se tocaba ella, gimiendo bajito. «Más rápido, pero para antes de correrte.» Lo hice una vez, dos, diez. Al borde, con la polla goteando precum, suplicando: «Ama, no aguanto, por favor.» Ella se rio: «Para. Ahora lame mi coño hasta que yo me corra.» Me tiré de rodillas, olí su aroma almizclado, salado, y metí la lengua en ese coño caliente, chupando clítoris y labios hinchados. Ella se corrió en mi boca, gritando «¡Sí, puto, bébete todo!», y yo al borde de explotar sin permiso. Me volvió a poner la jaula, con mi polla palpitando furiosa contra el metal. «Esto es control, idiota. Te excita más la negación que follar, admítelo.» Y joder, tenía razón; la humillación me ponía más cachondo que cualquier polvo vanilla.

Otro día, subió la apuesta con adoración. «Hoy, mi culo es tu altar.» Llegué y ella ya estaba en cuatro, en lencería roja que le ceñía las nalgas perfectas. «Arrodíllate y huele.» Me acerqué, nariz contra su raja, inhalando ese olor terroso, a sudor y excitación. «Ahora lame, puto. Profundo.» Metí la lengua en su culo apretado, saboreando el músculo que se contraía, mientras ella gemía y me azotaba las bolas con un pie. «Más adentro, o te castigo.» La frustración de la jaula me dolía, pero lamerla así, sintiéndome su esclavo, me hacía latir el corazón a mil. Luego vinieron las tareas degradantes. Me obligaba a servir desnudo: cocinarle, limpiar el baño de rodillas con un trapo en la boca, pedir permiso para todo. «Ama, ¿puedo beber agua?» «No, primero lame el suelo donde se me cayó el vino.» Y yo obedeciendo, excitado por lo bajo que caía, por cómo me rompía el ego con palabras: «Eres un cornudo en potencia, ¿sabes? Me follo a quien quiero, y tú miras.» Una vez me hizo confesar: «Dime, ¿te pone verte como un perdedor mientras yo me corro con otro?» «Sí, Ama, me pone a mil la idea.» Ella se rio: «Pronto lo verás.»

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La dominación psicológica era lo peor y lo mejor. Me tenía comiendo de su mano, literalmente. «Confiesa por qué eres un puto reprimido.» Y yo, balbuceando: «Porque me excita rendirme, Ama. Perder el control.» Ella me clavaba las uñas en el pecho: «Exacto. Tu polla no te pertenece; es mi juguete.» Una noche escaló a pegging. «Hoy te abro el culo, perrito.» Me untó lubricante frío, me puso en cuatro y ajustó el strap-on: un dildo negro grueso, ceñido a su cadera. «Relájate o duele más.» Empujó despacio, el glande abriéndome, dolor agudo que se mezclaba con placer prohibido. «¡Joder, Ama!», gemí. Ella azotó mi culo: «Cállate y empuja contra mí.» Entró entero, follándome con ritmo, sus caderas chocando contra mis nalgas. Yo jadeando, la jaula balanceándose, sintiendo cómo me llenaba, cómo me convertía en su puta. «Siente eso, cornudo. Esto es lo más cerca que estarás de follar.» Me corrí sin tocarme, semen goteando de la jaula, pero ella no paró hasta correrse ella, frotándose el clítoris contra la base. «Buen chico, pero no te quito la jaula aún.»

La tensión se acumulaba como una puta bomba. Me mandaba fotos de ella con tíos: «Mira lo que te pierdes, putito.» Una vez, humillación cornudo real. Me citó en un motel cutre. «Hoy miras.» Entró un tipo fornido, la folló contra la pared mientras yo atado a una silla, jaula apretando mi polla tiesa. Él la penetraba duro, ella gimiendo: «¡Sí, fóllame como este perdedor no puede!» Yo suplicando en silencio, excitado por el taboo, por ver su coño tragándose esa polla ajena. Después, me obligó a lamer: «Limpia mi coño, cornudo. Prueba a otro hombre en mí.» El sabor salado de semen mezclado con su jugo me revolvió, pero lamí como un poseído, ella tirándome del pelo: «Buen puto. Esto es tu lugar.»

Llegó el clímax una noche de viernes, cuando ya no podía más. Me citó en su piso, «Vente ya, con la jaula puesta.» Entré y ella estaba en la cama, desnuda, piel bronceada brillando bajo la luz tenue, coño ya mojado reluciendo. «Quítatela, pero solo para edging extremo. Hoy te rompo.» Liberé mi polla, hinchada y sensible después de días encerrada, venas palpitando. Ella se acercó, me empujó al suelo: «Chúpame los pies primero.» Lamí sus plantas sudorosas, sabor salado y terroso, mientras ella me pisaba la polla con el otro pie, rozando lo justo para ponerme al borde. «Ahora, mi coño.» Me montó la cara, ahogándome en su humedad: olor almizclado intenso, jugos chorreando por mi barbilla. Chupé su clítoris hinchado, lengua hundiéndose en pliegues calientes, ella gimiendo ronco: «¡Más profundo, puto! Sabe a tu ama.» Sus muslos me apretaban la cabeza, sudor pegajoso en mi piel, uñas clavándose en mi cuero cabelludo tirando fuerte.

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Se levantó, jadeante, y sacó el strap-on más grande: «Hoy te follo hasta que supliques.» Me untó lubricante, me puso en cuatro, y entró de un empujón seco. Dolor agudo, mi culo dilatándose alrededor del dildo grueso, pero placer eléctrico subiendo por mi columna. «¡Joder, Ama, duele-placer!», grité. Ella embistió, caderas chocando con chapoteo de lubricante, azotando mis nalgas rojas: «¡Gime como la perra que eres!» Sonidos everywhere: mis gemidos ahogados, el slap-slap de piel contra piel, sus respiraciones entrecortadas. Tiró de mi pelo hacia atrás, arqueándome, y me susurró al oído: «Tu polla late en vano, cornudo. Imagina a mi amante de ayer llenándome mientras tú lames sobras.» La humillación me excitó más, mi verga goteando precum sin tocarse, bolas apretadas. Ella aceleró, el dildo masajeando mi próstata, sensaciones internas como fuego: culo ardiendo dilatado, polla latiendo furiosa queriendo explotar.

Cambié de posición: ella me montó, strap-on hundiéndose profundo mientras me ordeñaba la polla con una mano, edging cruel. «No te corras, putito.» Tacto de su piel sudorosa contra la mía, uñas arañando mi pecho dejando marcas rojas, olor a sexo denso: sudor axilar, coño mojado, mi precum salado. «Chúpame las tetas», ordenó. Mamé sus pezones duros, sabor a sal y leche imaginaria, mientras ella rebotaba, gemidos suyos mezclados con mis súplicas: «¡Ama, por favor, déjame correrme!» Sonidos sucios: chapoteo del dildo en mi culo, slap de sus nalgas contra mis muslos, mis jadeos patéticos. Ella se frotaba el clítoris, corriéndose primero: «¡Sí, toma mi orgasmo, perdedor!», jugos salpicando mi vientre. Entonces, me dio permiso: «Córrete ahora, en mi mano.» Exploté, semen espeso chorreado en su palma, sabor amargo cuando me obligó a lamerlo: «Trágatelo, puto. Es tu ofrenda.» Sensación interna de rendición total, humillación picante como afrodisíaco, mi cuerpo temblando en éxtasis culpable.

Después, me acurrucó contra su pecho un rato, dulce-cruel: «Buen chico, has aguantado bien. Pero la jaula vuelve mañana. Eres mío para siempre.» Me vestí con piernas flojas, polla sensible aún latiendo, sabiendo que esto no acababa. Salí al frío de la noche, excitado de nuevo por la promesa de más. Joder, qué cabrona; me tiene loco, y no quiero que pare. Si esto es caer, que no me levanten nunca.

(Palabras: 2147)

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