Relatos de dominación

Ama Cruel en Dominación Femenina: Esclavo en Jaula de Castidad, Pegging sin Piedad y Humillación Total hasta su Completa Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Laura, una morena de curvas que te dejaban la boca seca, con esos ojos verdes que te clavaban como cuchillos y una sonrisa de cabrona que prometía problemas. Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas y un culo que parecía esculpido para que lo miraras dos veces. Trabajaba en una agencia de marketing, pero en su tiempo libre era una diosa del control, de esas que te hacen arrodillarte sin decir una palabra. Yo era un pringado normal, de veintiocho años, programador en una startup de mierda, con una vida sexual que se resumía a pajearme viendo porno de femdom en secreto. Siempre había sido un reprimido, cachondo hasta la médula pero sin cojones para pedir lo que realmente me ponía: rendirme, ser usado como un juguete.

Nos conocimos en una app de citas, Tinder o lo que sea, hace unos meses. Yo puse una foto decente, ella una en la que salía con un vestido rojo que le tapaba lo justo. Charleamos un par de días, y noté que ella llevaba la voz cantante: me preguntaba cosas directas, como «qué te excita de verdad», y yo balbuceaba evasivas. Al final, quedamos en un bar cutre del centro. Llegó quince minutos tarde, oliendo a perfume caro y con tacones que resonaban como órdenes. «Estás más mono en persona», me dijo, pero su mirada era de depredadora. Pidió una copa y se sentó cruzando las piernas, dejando que su falda subiera un poco. Hablamos de tonterías, pero pronto sacó el tema: «Sé que te gustan las tías que mandan. ¿O me equivoco?». Me quedé mudo, la polla ya medio dura bajo los pantalones. «No mientas, putito», añadió con una risa baja. Joder, me tenía pillado desde el minuto uno. Esa noche no follamos, pero me invitó a su piso y me hizo arrodillarme en su salón, solo para ver mi reacción. «Si quieres más, confía en mí. Palabra de seguridad: rojo. Si lo dices, paramos». Asentí, el corazón latiéndome como un tambor. Sabía que me había metido en algo grande, algo que me iba a romper y reconstruir a su antojo.

Desde entonces, todo escaló rápido. Laura no era de medias tintas; era una dómina nata, segura de sí misma hasta el punto de ser jodidamente aterradora y atractiva a la vez. Me ponía malo solo de mirarla vestida de calle, pero cuando se ponía en modo ama, con lencería negra y ese arnés de cuero que le ceñía las caderas, era como si el mundo se redujera a sus órdenes. Empecé yendo a su casa los fines de semana, y ella me iba moldeando paso a paso, rompiéndome el ego con palabras que me excitaban más que cualquier caricia.

READ  Dominatrix en Acción: Elena Encierra y Rompe a su Devoto Esclavo

La primera vez que me humilló de verdad fue una noche de viernes. Llegué nervioso, con la polla ya empalmada imaginando qué me iba a hacer. Ella me abrió la puerta en bata, el pelo suelto y una copa de vino en la mano. «Desnúdate, putito. Todo». Obedecí en el pasillo, sintiendo el aire frío en la piel y su mirada escaneándome como si fuera mercancía. «Arrodíllate y mírame». Me puse de rodillas, la cabeza a la altura de sus muslos, y ella se abrió la bata despacio, dejando ver que no llevaba nada debajo. Su coño estaba afeitado, los labios hinchados y un poco húmedos. «Besa mis pies primero. Muéstrame que sabes cuál es tu lugar». Sus pies eran perfectos, uñas pintadas de rojo, y me incliné para lamerlos, saboreando el leve sudor salado de todo el día. «Buen chico. Ahora sube, lame mi coño como si tu vida dependiera de ello». Olía a ella, a sexo y a poder, y cuando mi lengua tocó su clítoris, gimió bajito, agarrándome el pelo. Pero no me dejó follarla; me paró justo cuando estaba a punto de correrme solo de olerla. «No, putito. Tu polla ya no te pertenece. Es mía». Esa noche me masturbó con la mano, deteniéndose cada vez que me acercaba al borde, edging puro que me dejó suplicando. «Por favor, Laura, déjame correrme». «Llámame Ama». «Por favor, Ama, no pares». Pero paró, riéndose. Me tenía loco, la frustración quemándome por dentro.

Al cabo de unas semanas, introdujo la jaula. Joder, qué cabrona. Me la compró online, una cosa de metal negro, pequeña y cruel. «Ponte esto. Vas a aprender a controlarte por mí». Estaba en su habitación, desnudo, y ella me la colocó con manos expertas, el clic del candado resonando como una sentencia. La polla se me encogía dentro, apretada, y cada movimiento me recordaba que no era mía. «Ahora vas a servir. Limpia el suelo de rodillas, desnudo». Gateé por el piso, fregando con un trapo mientras ella se sentaba en el sofá, viendo Netflix con las piernas abiertas. Cada roce de la jaula contra mis huevos me ponía a mil, pero no podía empalmarme del todo. La frustración era mental y física: quería tocarme, follarla, pero ella controlaba todo. «Pide permiso para mear, putito. Todo». Al principio me resistí, pero su mirada me rompía. «Confiesa tus fetiches, anda. Sé que te mueres por ser mi cornudo». Me sonrojé, admitiendo que fantaseaba con verla con otro, lamiendo después. Ella se rio, dulce y cruel. «Pronto lo harás realidad».

La dominación escalaba. Una noche, después de un edging de casi una hora –me tenía atado a la cama, con su mano o un vibrador en la punta de la polla, parando justo cuando sentía el orgasmo subir–, me obligó a adorar su culo. «De rodillas, cara contra mis nalgas». Olía a su piel, a jabón y a excitación, y lamí su ano despacio, saboreando el musgo salado mientras ella se tocaba. «Más profundo, perra. Imagina que es tu polla la que entra, pero nunca lo hará». Gemí contra su piel, la jaula latiendo dolorosamente. Luego vino el pegging. Se puso el strap-on, un dildo negro grueso, y me lubricó el culo con dedos fríos. «Relájate, putito. Vas a disfrutar siendo mi zorra». Me penetró despacio al principio, el dolor quemando, pero pronto se mezcló con placer, su cadera chocando contra mí mientras me azotaba el culo. «Gime para mí. Di que eres mío». «Soy tuyo, Ama, joder, más fuerte». Cada embestida me dilataba, la jaula rozando mis huevos, y la humillación de ser follado como una puta me excitaba hasta el delirio. No me dejó correrme, claro. «Guarda eso para cuando te lo gane».

READ  Dómina Cruel: Dominación Femenina con Femdom, Ama Exige Sumiso Esclavo en Jaula de Castidad, Humillación Pegging Strap-On Cornudo Adoración Pies y Control de Orgasmo en Sumisión Total Sin Piedad

Lo de cornudo fue el colmo. Una noche trajo a un tío, un tipo alto y follador que conocí de pasada. «Mira, putito. Vas a ver cómo follo de verdad». Atado a una silla, con la jaula apretando, los vi en su cama. Ella encima, cabalgándolo, gemidos altos mientras su coño chapoteaba en esa polla enorme. «Mírame mientras me corro pensando en él, no en ti». El olor a sexo llenaba la habitación, sudor y coño mojado, y yo suplicaba en silencio. Después, me obligó a lamer: primero sus pies sucios de la cama, luego el semen que goteaba de su coño. «Límpialo todo, cornudo. Saborea lo que no eres». El sabor era amargo, salado, mezclado con ella, y me corrí en la jaula sin tocarme, un orgasmo arruinado que me dejó temblando de placer culpable.

La tensión psicológica era lo que me mataba. Cada orden verbal me rompía un poco más: «Eres un perdedor cachondo, pero mío. Admítelo». Y yo lo hacía, confesando fetiches que ni sabía que tenía, el ego hecho trizas pero la excitación al máximo. Tareas degradantes diarias: enviarle fotos de la jaula, pedir permiso para pajearme (que nunca daba), servirle desnudo en casa. Me tenía controlado, y joder, lo amaba.

Llegó el clímax una noche de sábado, después de semanas de edging y negación. Laura me había tenido en castidad siete días seguidos, la polla hinchada y sensible dentro de la jaula. Me invitó a su piso con un mensaje seco: «Ven. Desnúdate en la puerta». Entré temblando, el aire cargado de su perfume y algo más, anticipación. Ella estaba en el salón, en lencería roja, el strap-on ya puesto sobre la mesa, lubricante al lado. «Arrodíllate, putito. Hoy te voy a follar hasta que supliques». Obedecí, la alfombra ardiendo contra mis rodillas, y ella se acercó, tirándome del pelo para que mirara su coño a través de las bragas. «Quítamelas con la boca». Mordí la tela, tirando, y su olor me golpeó: coño mojado, almizclado, listo para mí pero no para follarme, sino para adorarlo. Lamí despacio, lengua plana contra sus labios, saboreando el jugo salado y dulce que goteaba. Ella gemía, uñas clavándose en mi cuero cabelludo, tirando fuerte. «Chupa mi clítoris, perra. Hazme correrme primero».

READ  Ama Cruel Impone Jaula de Castidad 24/7 al Esclavo Sumiso en Dominación Femenina Total, Humillación con Pegging y Adoración de Pies hasta su Completa Rendición

Sus gemidos eran sonidos crudos, ahogados, como «sí, joder, así», y el chapoteo de mi lengua en su humedad llenaba el cuarto. Sudaba, piel pegajosa contra mi cara, y yo latía en la jaula, el metal frío mordiendo mi erección frustrada. «Para. Ahora el culo». Se giró, abriéndose las nalgas, y hundí la cara, lamiendo su ano apretado, oliendo su sudor íntimo, ese taboo que me ponía a mil. «Buen cornudo. Ahora, a cuatro patas». Me posicioné en la alfombra, culo al aire, y sentí sus manos untando lubricante frío en mi entrada. El strap-on presionó, grueso, dilatándome centímetro a centímetro. Dolor agudo al principio, quemando, pero luego placer, su cadera empujando ritmada. «Gime, putito. Di que lo quieres». «Sí, Ama, fóllame más fuerte», supliqué, voz rota, mientras ella azotaba mis nalgas, sonidos secos y rojos. Cada embestida hacía que la jaula rebotara, mi polla goteando precum inútil, latiendo con necesidad.

Ella controlaba todo: velocidad, profundidad, pausas para edging mi mente. «Siente cómo te abro, como a una puta. Tu culo es mío». Gemí alto, sudor resbalando por mi espalda, mezclándose con el olor a sexo –su coño excitado, mi sudor nervioso, el lubricante resbaladizo. Me giró, poniéndome boca arriba, y siguió penetrándome, sus tetas rebotando, uñas arañando mi pecho. «Mírame mientras te follo. Imagina que es otra polla, no la tuya miserable». La humillación ardía, pero excitaba más, mi mente rompiéndose en placer culpable. Sacó el strap-on de golpe, dejándome vacío y suplicando, y se subió a mi cara. «Lame mientras me corro». Su coño chapoteaba en mi boca, jugos inundándome, sabor ácido y adictivo. Ella gritó, cuerpo temblando, uñas en mi pelo tirando hasta doler.

Pero no había acabado conmigo. Quitó la jaula con llave fría, mi polla saltando libre, roja e hinchada. «No te corras sin permiso». Me masturbó furiosa, mano resbaladiza de su propio jugo, edging otra vez: al borde, parando, mis súplicas ecoando –»Por favor, Ama, déjame, joder, no pares»–. El tacto era fuego, piel sudorosa contra la mía, olores intensos: semen precoz, coño, sudor. Sonidos de piel contra piel, chapoteo, mis gemidos patéticos. Finalmente, «Córrete ahora, putito. En mi mano». Exploto, semen caliente salpicando, sabor salado cuando ella me obliga a lamerlo de sus dedos. Sensación interna demoledora: alivio mezclado con vacío, la jaula de vuelta en segundos, mi mente rendida.

Después, me acurruqué a sus pies, exhausto, ella acariciándome el pelo con dulzura cruel. «Eres mío para siempre, cornudo. Mañana, más». Acepté mi lugar con placer culpable, sabiendo que esta jaula no era solo de metal, sino de su voluntad. Joder, qué adicto me tenía. Y mientras me dormía oliendo a ella, pensé: ¿quién coño querría ser libre ahora?

(2487 palabras)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba